En ésas estaba, cuando tropezó con una bolsita llena de piedras y sin molestarse en echarles un vistazo, empezó a lanzarlas al mar mientras seguía con sus delirios de grandeza. De regreso a su casa, sacó del bolsillo la bolsa creyendo que estaba vacía y de su interior cayó una de las piedras, cuál fue su sorpresa al darse cuenta de que se trataba de un diamante. Se echó las manos a la cabeza al calcular la fortuna que había perdido entre las olas del mar para siempre…
Eso mismo es lo que les sucede a muchas personas: cada día arrojan al mar los pequeños tesoros que ya poseen y a los que no dan valor soñando con lo que no tienen. La felicidad está muy cerca de nosotros y nos permitimos el lujo de ignorarla.

